viernes, abril 05, 2019

Historias de canciones - Siempre es de noche (Alejandro Sanz)

Todo es mejor con música, me digo siempre que tengo que hacer alguna tarea aburrida y que pospongo una y otra vez, pero últimamente me armo de un buen playlist en Spotify y "lo que ha de ser que sea" lo hago de forma más amena con mi rolas preferidas. Y aunque trato de conocer música nueva, siempre termino escuchando lo mismo, por eso esta vez elegí darle play a "favoritas de la radio" y a la primera me saltó un tema que hace mucho no escuchaba y había olvidado que me encanta: Siempre es de noche de Alejandro Sanz, que aparece en su disco Más (1997).

Hay muchas canciones de Alejandro Sanz que me gustan, pero sin duda, ésta se convirtió en mi favorita desde la primera vez que la escuché y no ha habido otra de él que la supere, pues aún sin haber analizado la letra, siempre me produjo emociones muy bonitas por su melodía y porque contiene palabras que solemos juntar en los poemas: noche, luna, sol, cielo, ojos, voz, eternidad, atardecer... Y yo, fanática de los atardeceres, las cosas sencillas y la naturaleza, desde el primer momento la amé.

Mientras lavaba trastos la disfruté repetidamente, y después de escuchar con detenimiento la letra me pareció más hermosa cada vez y me intrigó saber el significado real. Yo tenía mi propia interpretación, pero sabía que había algo mucho más profundo, así que me puse a googlear para saber de lo que realmente habla Sanz en ella.

Y como al protagonista en la canción, lo que encontré me voló los sentidos.

Esta es la historia:

Si tuviera que rescatar una historia de todas las que he vivido, probablemente, me quedaría con la única que nunca fue mía. Rozó mi vida sin apenas tocarla y me convirtió en testigo por casualidad de una de esas historias que se quedan suspendidas en el aire, a la espera de un final que no arranque a llorar tras contarla.
Él se llamaba Manuel. Era un tipo reservado y aburrido, de esas personas tan anodinas que, por fuerza, tienen que ocultar una historia grandiosa en su silencio. Ciego de nacimiento, solía decir que lo que más le costaba imaginar era el cielo. Apenas salía de su habitación, decía que ya no tenía ni fuerzas ni ganas de seguir peleando con el mundo.Yo, que por aquella época estaba de prácticas en la residencia, sentía una enorme compasión por aquel hombre que, siempre en solitario, no tenía mayor entretenimiento que escuchar la radio y esperar que llegara la comida. Esta fue la razón principal de que convenciera a Manuel para apuntarse cuando el grupo de voluntarios inició su campaña de verano. Venían un par de horas por las tardes, para hacer compañía a los residentes que no tenían familia o que, aún teniéndola, no recibían apenas visitas.Manuel refunfuñó cuando se lo propuse la primera vez. No era muy sociable y detestaba este tipo de iniciativas. Nunca me ha gustado la compasión, decía, no quiero dar pena. No obstante, el calor insoportable de su cuarto en verano y el aburrimiento terminaron por dar su brazo a torcer.
Ella se llamaba Julia. Manuel solía decir de ella que olía como los años cuando no pasan en vano. Luego, sonreía como si yo no pudiese entenderlo. La verdad es que nunca lo hice. Julia era una de las voluntarias. Apasionada las puestas de sol, acogió a Manuel nada más de conocerle. No podía permitir que existiese una persona incapaz de imaginar el cielo, dijo una vez. Y, por eso mismo, todas las tardes bajaban a ver el atardecer. Si tuviese que rescatar el momento del día en el que el cielo está más hermoso, le decía, sería este sin duda. Manuel la escuchaba hablar de azules que se tornaban rojizos, de aquel sol que caía lentamente, de los violetas, de las nubes, de las estrellas que iban apareciendo tímidamente… Escuchaba embelesado las palabras de Julia, como si en aquel momento no hubiese nada más en el mundo que ellos dos y su atardecer. Estaba pletórico. Nunca antes le había visto de aquella manera, cada vez que escuchaba unos pasos por el pasillo, se giraba velozmente para ver si el olor de Julia delataba su presencia. Empezó a sonreír, a pedirme que le peinara antes de sus atardeceres, como él decía, a hablar con el resto de residentes. Julia y Manuel eran tan perfectos como la caída del sol. El cielo de Manuel ya tenía forma.Un día, a finales de Agosto, Julia no apareció. Aún no había terminado el verano, pero algunos de los voluntarios habían dejado de venir, sin embargo, me sorprendió enormemente que Julia no apareciese tampoco al día siguiente. Ni al otro. Manuel estaba marchito. Me pidió que le ayudase a bajar al banco donde solían ver el atardecer y se quedó allí sentado durante las dos horas que antes contenían su presencia. Luego, volvió cabizbajo a su habitación. Los atardeceres no eran lo mismo sin ella. El cielo sin ella, no era nada.Preocupado por Julia y, en consecuencia, por Manuel, me puse en contacto con ella. No fue su voz la que respondió al teléfono. Era su hijo. Julia había fallecido hacía tres días, victima de una enfermedad terminal que la tenía amenazada de muerte desde hacía dos años. Me gusta pensar que la historia de Julia y Manuel no terminó así. Él siguió acudiendo al banco para ver atardecer con los ojos que Julia le había prestado. Ya podía imaginar el cielo, porque el cielo había sido ella. Sé que, de alguna manera, era feliz recordándola.El día que acabé mis prácticas en la residencia, subí a despedirme de Manuel. Su historia había significado para mí mucho más de lo que nunca llegaré a comprender. Él no estaba en su habitación pero, al mirar el reloj, supe donde encontrarle: en su banco, en su atardecer. Y, efectivamente, allí estaba. Me senté a su lado sin decir nada, maravillado por aquella puesta de sol tan mágica. ¿Era bella, verdad?, susurró Manuel de pronto. Más que la Luna, respondí. Y así, con una enorme sonrisa sentado frente a un atardecer cargado de magia, dejé a Manuel. Tal como sigue aún hoy, en mi recuerdo.

(Tomada del blog: Fanática de algunas cosas).

Más hermosa y conmovedora no podía ser, de eso estaba segura, pero nunca se me ocurrió que se tratara de un ciego que pudo asomarse a la vida a través de lo que la chica viendo el horizonte le narraba, y pues se me llenan de agüita los ojos cuando la escucho de nuevo.

Cae el atardecer y pienso en Julia y en Manuel. Pienso en ti, en tus ojos, porque a tu lado puedo olvidar que para mí siempre es de noche. El cielo tiene nombre, tu nombre... ♪ 


cielo naranja azul y violeta




jueves, febrero 14, 2019

Malos pensamientos

Dices que me anime, que siempre hay esperanza. Que hay mucha gente a quien le importo, pero yo no puedo verlo. Yo siempre me siento sola, reducida, apagada. Me gusta quedarme en la habitación a media luz. Aquí encerrada puedo escuchar mejor mis pensamientos, que es lo único que tengo. Que nadie venga. De mí no les cuentes nada. No tengo intención de cambiar. Y no vengas a decirme las cosas buenas que ves en mí. No quiero escucharlas. Llevo mucho tiempo así y ya no lo padezco. Solo estoy matando el tiempo hasta que el tiempo muerto me mate a mí. Yo he sido tantas mujeres y ésta es la que mejor me hace sentir. La que no tiene ni aspira a nada. La que ya no llora porque ya no le alcanza. La que se ha quedado rota y ya no busca las piezas que faltan. No busco consuelo. Vete de aquí. No tengo lágrimas ni palabras dulces, ni me importan los recuerdos ni un nuevo comienzo ni cuándo será el fin... ¿Por qué estás tan callado...? ¡Hey...! ¡Oye...! ¿Sigues ahí...? (¿¿??)

© 2018 

domingo, enero 06, 2019

sábado, junio 02, 2018

En el camino

Después de buscar miradas
en los ojos de los ciegos
los locos, perdimos la esperanza.

Después de buscar las ropas
que calmaron nuestras ansias
los locos, perdimos la elegancia.

Luego de buscar motivos 
que nos llevaran a la infancia
los locos, perdimos la ilusión.

Lejos de buscar caminos
que nos devuelvan a casa
los locos, perdimos la ocasión.

Locos y dementes
Locos impacientes
perdimos los recuerdos
perdimos la razón.



Imagen vía: Abbys

martes, febrero 06, 2018

Nada te dará escribir un poema

De los poetas jaliscienses contemporáneos, cuelgo aquí este poema de Ramiro Aguirre (Arandas, Jalisco -1960).

Nada te dará escribir un poema

A ningún lugar llegarás.
No hay Ítaca. No hay camino.
Habrás de inventar el tuyo.

No alivias el aburrimiento de los días,
ni conquistas la estima de los otros,
ni el amor, ni el pan.

El mundo no cambia, y nadie defiende tus versos.
No ahuyentas el cansancio de tus hombros machacados
ni entiendes el lenguaje de las olas;
los pájaros no cantan para ti
porque hubieses escrito un poema.

No evitas tu muerte.
La poesía no hace nada por ti ni por los tuyos.
Nunca retribución obtendrás: abismos.
Te señalarán: “ese malparido escribe poemas”.

Cuando estés en medio de la noche
solo con tu alma
y sientas tu respiración al ritmo del universo
entenderás lo único que la poesía puede darte.

poesía a mano alzada